Llegué a la serie Carrie de Mike Flanagan con las ganas de sorprenderme y de ver cómo resolvían una historia conocida sin desaprovechar lo bueno que tiene, y además sin dejar de darle realce a las versiones anteriores o al Kingverse. A mí en lo personal me gustan la versión de 1976 y la de 2013, porque las otras, la de 1999 y la de 2002, no las he visto.
Las ocho entregas están en Prime Video desde el 7 de octubre de 2026 y la serie me gustó precisamente porque crea personajes simples, y sale de la lógica de los rubios contra los nerds como pasa un poco en la película de 2013 de Kimberly Peirce, protagonizada por Chloë Grace Moretz y Julianne Moore, donde los antagonistas son el típico gringo lindo de high school y Carrie es la pobretona rubia.

Hay respeto por lo que vino antes. En una de las escenas urbanas, cuando Carrie camina ensangrentada después del baile, se puede ver un letrero en el cine del pueblo que rinde tributo explícito al director Brian De Palma, una retrospectiva en 35 milímetros que sigue ahí mientras el pueblo arde. Y hay más guiños en los nombres, como la asistente social Nancy Piper, por Piper Laurie, la Margaret White de 1976.
Samantha Sloyan estaba pintada para hacer de Margaret White. Me hizo recordar a su personaje en Misa de medianoche, y el parecido entre las dos es interesante, la mujer pacata, pechoña, doliente y cruel que es un poco víctima de sus circunstancias y hasta puede llegar a tener razón a veces, aunque esa razón no es compatible con su época.

Me pareció interesante lo de la crítica al acoso escolar, algo que en general los medios han resaltado. Acá la humillación de la ducha se vuelve viral en una cuenta anónima que se llama @CarrieRed_. Aun así no me deja de llamar la atención que la funa sea algo que termina por ser una opción, y hasta cierto punto la crítica que hace la serie también un poco avala el enjuiciamiento social, como en el caso del profesor que se suicida. Seth Peist, el personaje de Rahul Kohli, es expuesto por esa misma cuenta como depredador, y la serie deja la discusión en boca de un par de alumnos y sigue de largo.

Stephen King tampoco quería otra Carrie. Según Flanagan, su primera reacción fue preguntar para qué hacerla de nuevo, hasta que leyó el plan de la temporada. Después publicó un video en X donde dijo que Flanagan es el mejor adaptador de su obra, y cuando Prime Video anunció la segunda temporada dijo que no podía esperar a que el público viera lo que viene para Carrie White.
Ahí está lo bueno y lo malo del universo Flanagan. Trabaja casi siempre con los mismos actores, Sloyan, Kate Siegel, Rahul Kohli, Michael Trucco, Katee Sackhoff, y eso da actuaciones afinadas, pero también hace que Chamberlain se parezca a cualquier otro pueblo de Flanagan, y la serie se va llenando de guiños al resto de King, de La Torre Oscura a un tatuaje que se parece al ojo del Rey Carmesí.

Tengo dudas con dos giros. El primero es Emaline, el personaje que sólo Carrie veía, que termina siendo una suerte de esquizofrenia mutante, porque al final resulta que existe y se proyecta astralmente, y me pareció algo forzado. El segundo es la suerte de cofradía de personas que ayudan a Carrie, algo como un coven o una cofradía misteriosa que lidera Adelaide, el personaje de Kate Siegel, y que de alguna manera me pareció forzada para una segunda temporada o para darle un nuevo aire al Kingverse.
En la novela y en la película de De Palma, Carrie muere. Acá sobrevive y se va con Emaline, y Flanagan ya habla de tres temporadas. Hace poco vi Cape Fear, la serie de Apple TV con Javier Bardem, que no me gustó y que también modifica el final para dejar abierta la segunda temporada, en algo que me parece un poco aburrido y comercial, porque ya no basta con que vivamos de revivir clásicos sino que hay que modificarlos y cambiarles los finales hasta llevarlos a ser comercialmente más grandes.
Al final es una serie entretenida, muy bien pensada para las nuevas generaciones, pero padece del mal de nuestro tiempo, el de depender demasiado de los remakes y convertirlos de inmediato en objetos comerciales que a veces estiran demasiado el chicle, hasta volverlos objetos desechables o menos memorables.
Al fin de cuentas comparten público entre los nostálgicos como yo, que buscamos volver a ver clásicos, y los nuevos públicos que recién se enteran de que esos clásicos fueron importantes, pero no dejan una huella de época más allá de su conversión en fenómenos poco representativos de una problemática o una estética actual que sea muestra de nuestra capacidad creativa. Teniendo infinitas voces, volvemos a las viejas voces para hablar de nuestra época, y en eso hay algo plástico, tal como lo que criticamos de la IA que genera a partir de lo conocido. No nos estamos permitiendo hacer nacer nuevas propuestas artísticas, quizá por miedo o por una nostalgia comercial de vender sandías caladas en lugar de propuestas diferentes.


