El puente que Ediciones Era dejó de mirar

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El lunes 17 de agosto Ediciones Era mandó una carta a sus libreros. Sesenta y seis años, más de mil doscientos títulos, la casa que le publicó a José Emilio Pacheco su primer libro de poemas cuando tenía 23 años y todavía nadie sabía quién era, mucho antes de que ganara el Cervantes. La carta decía que las condiciones actuales del ecosistema editorial mexicano son inviables para sostener una empresa que durante 66 años mantuvo la discusión de los temas fundamentales de las humanidades. El agente literario Guillermo Schavelzon, que además de editor conoce el oficio desde adentro, la llamó una carta penosa. El mundo del libro cambió, sí. Pero Era cierra, escribió, porque sus gestores no supieron ver, entender ni actuar frente al cambio.

carta de cierre de ediciones era mexico

Si hoy quisiéramos mandar un mensaje urgente por correo postal, llegaría tarde, o se perdería. La pregunta que hizo Schavelzon fue simple. ¿Le echaríamos la culpa al correo, o a quien decidió confiarle el mensaje?

El escritor Alberto Chimal, que publicó con ellos, escribió que el encierro pandémico le pegó muy duro a Era, igual que a muchas otras empresas mexicanas, y que finalmente no pudo continuar. Con muchos esfuerzos pagaron las deudas que arrastraban desde entonces y aun así las cantidades seguían creciendo. Vendieron la casa de la colonia Roma para reunir algo de dinero y detener la operación antes de que la deuda terminara de tragárselos. Seis años intentando mantenerla con vida. Las ventas quedaron reducidas a un cuarto de lo que habían sido. Chimal dijo que fue un gran honor ser una partecita de ella.

Esa es la explicación más generosa de todas, y Schavelzon no se conforma con ella. Recuerda que los fundadores de Era hicieron, en su momento, exactamente lo contrario de lo que hacía el resto de la industria. Géneros, ideología, autores, diseño de vanguardia, todo opuesto a la tendencia que entonces lideraba el mundo Novaro. Ese instinto de romper con lo esperable fue lo que volvió necesaria a Era. Y ese instinto, dice Schavelzon, es justo lo que le faltó a la Era de los últimos años.

Hay una frase que no suaviza. Escribe que quedaría muy bien decir, ante un público que ya no existe, que prefirieron cerrar antes de vender a un grupo multinacional, pero que la verdad es que no quedaba nada para vender. Y agrega algo más duro todavía. Esto a Neus Espresate, una de las fundadoras de la editorial, jamás le habría sucedido.

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Pregunta qué sería de Siglo XXI si hoy operara como lo hacía Arnaldo Orfila Reynal hace cincuenta años, cuando la fundó. Y desmiente, de paso, el argumento más repetido en el duelo colectivo. La venta de libros en México no cae, dice. Es una industria sólida, que funciona, con cada vez más lectores. Lo compara con un paralelo imaginario. Si la presidenta de México quisiera negociar con Estados Unidos como lo hizo en su momento Benito Juárez, ¿cuántos días duraría su gobierno? Las editoriales no cierran por el mercado. Cierran por quienes las dirigen, dice, y lo dice por experiencia propia.

El escritor Iván Cruz Osorio fue igual de directo. Escribió: «Es caso de estudio lo que sucede con ERA. La mala gestión de esta editorial que teniendo varios títulos best sellers no puede sobrevivir. Más curioso que a últimos años sólo publicaba con onerosas coediciones con universidades o secretarías estatales». Argumentando que una editorial con varios títulos best seller no debería quebrar. En sus últimos años, dijo, Era sobrevivía de coediciones onerosas con universidades y secretarías estatales, lejos ya de la editorial de vanguardia que ponía artistas visuales en sus portadas. Marcelo Uribe, que dirige la casa desde hace años, tuvo autores que estaban en las bibliotecas de aula de todo el país. Cruz Osorio preguntó qué falló. Señaló la salida de José Emilio Pacheco del catálogo, con la polémica de regalías incluida, como el momento donde algo se descarriló. Preguntó, sin filtro, si Era vivía de las ventas de Pacheco. Si ni Monsiváis, ni Poniatowska, ni Revueltas alcanzaban para sostener la inversión.

La poeta y editora Jocelyn Pantoja entró al debate consciente de que pisaba terreno con preguntas insidiosas. No dejó a nadie limpio, ni a los gestores ni a los lectores ni al Estado. Habló del desinterés por el libro como síntoma de una malformación más amplia en la relación entre lectura y lectores, agravada por soportes nuevos que facilitan la piratería indiscriminada. Citó el MOLEC del INEGI. En 2024, apenas el 69,6% de la población alfabeta mayor de dieciocho años declaró haber leído algo, libro, revista, periódico o página de internet, casi quince puntos menos que en 2015. Sumó al Estado a la lista de responsables, por especular con precios a la baja y por manejar y cerrar sus propias redes de distribución mientras la industria independiente pedía protección que nunca llegó. Recordó que en 2019 la Liga de Editoriales Independientes prometía dar esa batalla. Reconozcamos que se perdió, escribió. Habrá que armar nuevos esquemas de resistencia frente a un Estado-Corporación que avanza sobre lo independiente, lo antihegemónico, lo antisistema.

Pantoja y Schavelzon se contradicen en el punto más básico, y esa discrepancia dice más que cualquier síntesis. Ella sostiene que cada vez se lee menos. Él sostiene que la venta de libros en México crece y que hay más lectores que nunca. No hablan del mismo país, aunque describan el mismo cierre.

El poeta Ernesto Lumbreras citó la misma frase de la carta que Schavelzon encontró penosa. Decía que durante 66 años Era sostuvo la discusión de los temas fundamentales de las humanidades. Lumbreras no discutió esa frase, la defendió con su propia biografía. Dijo que varias generaciones se formaron literaria, política y artísticamente con ese catálogo, que la izquierda latinoamericana se nutrió ahí de autores imprescindibles del pensamiento contemporáneo, que su educación visual del libro, el diseño, la tipografía, se la debe en parte a Vicente Rojo y a quienes heredaron su oficio. Cerró con un abrazo dirigido a nombres propios. Marcelo Uribe. Adriana Dorantes Moreno. Michelle Pérez-Lobo. La gente que tiene que apagar la editorial que los formó.

Ninguna de estas lecturas cancela a la otra, y ahí está el problema de quedarse solo en el duelo. El hábito lector se pudo haber erosionado. La industria pudo haber seguido creciendo igual. Y Era, mientras tanto, pudo haber dejado de ser la editorial que se paraba contra el mundo Novaro para volverse una editorial que vivía de coediciones con universidades. Las tres cosas caben en la misma frase.

Lo valioso de Era (como las grandes editoriales) nunca fue el papel sino el criterio. Sesenta y seis años sabiendo distinguir, con la misma exigencia que tenía Neus Espresate cuando la fundó, qué merecía existir y qué no. Ese criterio podía haberse trasladado a una comunidad de lectores sostenida de forma directa, a un archivo digital cuidado con el mismo rigor que una colección de papel, a cualquier forma que no dependiera de un solo puente. Uno que llevaba años crujiendo bajo cada camión de libros que se aventuraba a cruzarlo o a cualquier forma que no dependiera por completo de una red de librerías que llevaba años desapareciendo. Tuvieron el tiempo. Tuvieron la autoridad acumulada para que funcionara. Lo que no tuvieron, y en esto Schavelzon tiene razón aunque suene cruel decirlo el mismo día del velorio, fue la decisión de intentarlo.

Escribo esto desde un proyecto que tampoco tiene librería, ni distribuidor, ni ninguna red comercial detrás que pueda sostenerlo si un día decide fallar. La discusión de papel contra digital ya la resolvió el mercado hace rato, sin pedirle permiso a nadie. Lo que de verdad me deja pensando el cierre de Era es si el criterio que uno construye durante años puede sobrevivir sin depender de una cadena que puede desaparecer de un lunes para otro. Era tuvo el criterio y le confió su transporte a un puente que llevaba tiempo agrietándose.

El lunes, finalmente, el puente cedió.

Arturo Ledezma

Arturo Ledezma, creador de FANKY.

Soy editor periodístico, periodista, fotógrafo y asesor de estrategias digitales para medios de prensa.

Trabajé como editor general en Terra Chile, editor en La Hora y como editor periodístico en El Ciudadano.

Como escritor, fotógrafo y periodista he trabajado en Radio Biobío, La Hora, La Tribuna, Radio San Cristóbal, radio Ritoque, Radio Odisea, MQLTV, Rado Divine, Lecturas Ciudadanas, Fisura TN (Arg), El Nueve (Arg), TKM (Arg), Arena Pública (MX). Y como columnista he escrito sobre música y cultura en El Mercurio de Valparaíso, Revista Intemperie, El Dínamo, El Desconcierto.

Mi Insta: @arturoledezma.cl / Mi Whatsapp +569 4056 0537 / mi mail: [email protected]

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