Hay una imagen que me quedó grabada de hace algunos años, ocurrió en Huépil. Villa Cariño se presentó en un show en Tucapel y luego alojaron en unas cabañas muy poco rockeras que hay en un centro turístico llamado Oasis de San Sebastián. En ese tiempo hacíamos un programa por facebook Live los días sábado desde ese mismo lugar. Estábamos en medio de una de esas transmisiones improvisadasjunto con la extinta banda Superfluo (después se convertiría en Rainy Satelites) cuando los Villa Cariño salieron de las cabañas donde estaban alojados, para subirse al bus y seguir con su trayecto. De pronto los invitamos a sumarse. Sin drama, sin cálculo, Yamil Salah y Max Vivar se acercaron al teléfono desde donde hacíamos el Live y compartieron con nosotros un rato.
Ese gesto no estaba en ningún comunicado de prensa y fue un momento lindo, casual, improvisado y lejos de la bulla propia de los festivales o los alcaldes que en verano se aprovechan de juntar votos gastando el presupuesto municipal con bandas de moda. Y con esa misma simple solemnidad que un día nos pilló en un centro recreacional del sur de Chile ahora Yamil lanza su proyecto solista bajo el nombre Don Yamil.
La primera canción se llama «Fuiste Tú». Y al hacerlo, entra consciente o no en una de las tradiciones más difíciles de la música chilena. La historia de los músicos que salen de sus bandas y apuestan por jugar de solistas.
La historia de los músicos que se desprenden de sus bandas en Chile es larga y casi siempre termina de la misma manera. Jorge González disolvió Los Prisioneros en 1992 cargando un contrato de EMI Londres, teiendo como productor a Gustavo Santaolalla y las expectativas de un país que acababa de recuperar la democracia. El primer disco solista decepcionó a la crítica y al sello. González lo explicó después con una precisión que duele la guata porque dijo que si hubiera sido el debut de un artista desconocido, habría sido la revelación del año. No era un artista desconocido. Era un ex Prisionero. El apellido que te construye también te enjuicia.
Álvaro Henríquez vivió la misma condena. Su disco solista de 2004 fue elogiado por la crítica y casi ignorado por el mercado. Él mismo lo dijo sin rodeos: fue bien pesado llevar eso a cuestas, ser un ex Los Tres. Volvió a la banda en cuanto pudo.
El patrón se repite pero muta y cada músico encuentra su propia estrategia para administrarlo. Los hermanos Zicavo dejaron Moral Distraída y construyeron Plumas, una banda nueva, nombre nuevo, sin el apellido del proyecto que los hizo conocidos y no despegaron jamás, ni siquiera con el empujón de la Teletón pudieron volver a tener la gracia y la chispa porque la «mermelada de hermanos» que tan bien sonó en La Moral cuajaba mejor en el formato de la cumbia lais que en la nueva propuesta. Siguiendo con los desprendimientos familiares… Los hermanos Durán, después de Los Bunkers, se fueron a México y armaron Lanza Internacional con un baterista mexicano, como si cambiar de país fuera la única forma de escapar a la comparación local.
Pablo Ilabaca publicó dieciséis años bajo el seudónimo Jaco Sánchez antes de atreverse a lanzar algo con su nombre propio (el alias como escudo contra la sombra de Chancho en Piedra y 31 minutos). Ilabaca luego armaría una junta de familias con los Durán harían Pillanes con Pedro Piedra y más tarde la banda «Hermanos Ilabaca».
Francis Durán sacó su primer disco solista en 2022 y dijo que lo veía con calma, «no lo proyecto como una carrera». Los hermanos López armaron su banda homónima en cuanto Los Bunkers se disolvieron, tocaron en Lollapalooza, y la congelaron en cuanto Los Bunkers volvieron. El proyecto existía solo en el vacío que dejaba la banda original. Otro de la generación dorada del funk y la cumbia loca que tal como La Roja se fue apagando por la irrupción de la urbana, por la sobresaturación de festivales con las mismas bandas cada dos días, por el cambio generacional y porque el mundo cambia.
Desde Villa Cariño Max Vivar también ha intentado el salto en bungy con su música y lleva desde 2020 una propuesta que ha ido construyendo en paralelo con los íconos de La cumbia loca, cambiando la sandunga liceana por indie y neo soul, por ejemplo, en su disco Laberinto. Un giro de identidad considerable. La carrera existe. No ha despegado. Pero sigue.
La excepción que hace más evidente la regla es Manuel García. Salió de Mecánica Popular en 2004, una banda de culto sin audiencia masiva, y construyó desde cero una carrera cantautoral que llenó el Teatro Caupolicán, ganó Altazores y produjo discos considerados entre los mejores de la historia del pop chileno. Pero la excepción tiene una trampa porque García no cargaba un apellido famoso. Mecánica Popular era respetada, no masiva. Nadie esperaba de él lo que esperaban de un ex Prisionero o un ex Bunker. Esa ausencia de peso fue su ventaja.
Casos hay por montones y no voy a seguir. Pero la regla que estos casos confirman es simple y sin excepciones conocidas en la música popular chilena es que la banda te da el nombre, el nombre te da la audiencia, y esa audiencia rara vez te sigue cuando decides ir a otro lugar. El público que fue a verte diez veces quiere exactamente eso, precisamente lo que ya conoce. Por eso nadie va a ver a La Moral sin los Zicavo o a La Tommy Rey sin Tommy Rey. El solista que intenta otra cosa tiene que construir desde cero con el peso de una comparación que nadie pidió y que no desaparece.
Obviamente que González es el caso más elocuente porque es el único que construyó algo genuinamente propio a pesar del lastre. Siete discos solistas entre 1993 y 2018, proyectos de electrónica que giraron por Europa y Japón, un alias en inglés para el mercado estadounidense. Una obra vasta, cambiante, casi invisible para quien solo busca «La voz de los 80». No alcanzó el nivel de Los Prisioneros porque nada iba a alcanzar ese nivel. Pero dejó de pedirle permiso al pasado en algún momento y eso se nota en la música. Y todavía a ratos sorprende con sus proyectos electrónicos junto a Colombina Parra o recientemente con lo que sacó junto a Miguel Conejeros. Pero no es «EL» Jorge Gonzalez que uno vio escupiendo mierda sobre la producción del Festival de Viña o pateando piedras o tirando micrófonos ni es Ozzy sobre un trono negro cantando hasta morir.
Volvamos a Yamil.
Yamil Salah no tiene ese problema de escala. Villa Cariño es una banda querida con audiencia real y leal, no un fenómeno generacional con peso político. El lastre es más manejable aunque la interrogante es parecida ¿puede convencer a la gente que lo conoce de que hay algo aquí que no escucharon en la cumbia?
La buena noticia es que «Fuiste Tú» no intenta competir con Villa Cariño y esa es su primera decisión inteligente.

La canción es buena, bonita y simple en lo mejor del sentido. Groove sobre sintetizadores, tempo tranquilo, sin capas innecesarias. Seguro que es algo entre Synthpop y tropical house, pero esas etiquetas no capturan lo más relevante porque es una canción que no tiene urgencia. No empuja sino que invita. No suena a lo que está funcionando en el algoritmo de Spotify Chile. Suena a una decisión personal que no se agarra del villacariñismo para abrirse paso con guiños cumbieros ni diciendo «Para dormir contigo otra vez» ni «es un asalto a tu corazón». La letra habla del padre de Yamil, músico y bajista, el primero que le enseñó que la música era un camino posible. Un homenaje que no construye monumentos sino que convierte la ausencia en algo que todavía suena y por ahí tiene algo de poético.
Como anécdota dicen que fue el propio Vivar quien lo empujó a sacarla. No lo empujó desde el éxito sino que lo empujó desde el proceso. Hay algo en eso que vale la pena nombrar porque detrás de esto está Clandestino Prod Records, el sello que construyeron desde la experiencia acumulada de Villa Cariño.
Lo que Clandestino Prod Records está construyendo debajo de todo esto no tiene nombre todavía en la música chilena. No es una banda que se separa y se vuelve una Pyme. No es un músico que abandona su proyecto y monta un estudio en el patio. Es algo más parecido a una red, es decir, gente que acumuló años de experiencia independiente (gestión, producción, errores, lo que se aprende a las malas) y decidió convertir eso en infraestructura para sus historias más personales. Vivar primero, Yamil ahora. Sin pedir permiso a la industria ni al pasado compartido. Eso es lo que se aplaude a rabear.
«Fuiste Tú» no compite con nadie. No intenta sonar a lo que está funcionando ahora, no tiene pretensiones de escala, no le pide permiso al algoritmo. Es una canción sobre el padre de Yamil —músico, bajista, el primero que le mostró que la música era un camino posible—, grabada con sintetizadores, adorable. Dura lo que tiene que durar. Dice lo que tiene que decir.
A veces eso es suficiente.
Vuelvo al recuerdo de esa tarde en Huépil, Yamil Salah se bajó del bus por un momento para sumarse a algo que no le daba nada a cambio. Nadie que haga ese cálculo se suma. Él se sumó y de paso le agradezco y le deseo éxito y fuerza para emprender un nuevo camino que arranca justamente luego de llegar, como dice la canción, «al final del camino».
¿Qué hace un músico con eso cuando llega el momento de contar su propia historia?

