Hay una escena en DTF St. Louis donde Floyd le cuenta a Clark, con detalle y sin pudor, lo que pasó en su primera cita de la app. Clark escucha. Pregunta. Se ríe un poco. No hay incomodidad performativa, no hay juicio disfrazado de preocupación, no hay el gesto televisivo habitual de «esto va a terminar mal». Solo dos adultos hablando de sexo como si fuera lo más normal del mundo.
Porque lo es. Y la serie lo sabe.

Me topé la semana pasada con DTF St. Louis, la miniserie de siete episodios que HBO estrenó en marzo de este año, y luego de verla de un tirón y sin parar más que para ir a preparar un té o algo de comer, me di cuenta que tiene todos los ingredientes del thriller oscuro: el triángulo amoroso, la app de infidelidad para casados, un muerto en el primer episodio, dos detectives que van cerrando el cerco. Una insospechada joyita digna de maratón. Es Steven Conrad quien escribe y dirige los siete capítulos y te aseguro que en esta serie nada aquí es accidente.
Pero la serie que Conrad construyó sobre ese esqueleto de thriller es quizá otra cosa. Es una de las pocas ficciones recientes que trata la sexualidad adulta (la curiosidad, el deseo, la negociación dentro del matrimonio, las necesidades que no se dicen en voz alta) sin convertirla en fuente de vergüenza ni de castigo. Eso, en 2026, es casi un gesto político.
Floyd Smernitch no merece lo que le pasa. Por eso es el personaje del año.

David Harbour hace algo difícil con Floyd: construye a un hombre de mediana edad, con sobrepeso, con matrimonio estancado y autoestima frágil, y lo convierte en la figura más digna de la serie. No porque sea perfecto. Porque cada vez que el dolor lo visita — y lo visita seguido — Floyd lo convierte en generosidad hacia los demás.
El arco habitual de este tipo de personaje en televisión es la espiral: el hombre que se siente poco querido busca validación afuera, la encuentra o no la encuentra, y en cualquier caso termina destruyendo algo. Floyd no hace eso. Floyd se equivoca, sufre, y después pregunta cómo está el otro.

La inocencia de Harbour en el rol no es ingenuidad: es una decisión actoral de no contaminar al personaje con cinismo aunque el guión le daría todas las razones para tenerlo. En la televisión norteamericana, los hombres de mediana edad en crisis conyugal suelen ser o amenazantes o patéticos. Floyd es una tercera cosa: enternecedor sin ser condescendido. Conrad y Harbour se niegan a humillarlo aunque la situación los invitaría a hacerlo en cada escena.
Carol Love-Smernitch y el peso del uniforme

Linda Cardellini lleva décadas eligiendo personajes que cargan con más de lo que muestran. Lo hizo en Freaks and Geeks, en Dead to Me, en Bloodline. Carol es su versión más contenida y, por eso mismo, la más explosiva. Una mujer intrigante y feroz que además tiene la tenaz ternura de una esposa que es capaz de amar más allá del prejuicio o del rol de esposa.
Carol está atrapada en su segundo matrimonio. En lugar de ser cuidada como esperaba, terminó siendo el sostén económico de la familia, incluyendo a su hijo que se niega a aceptar a Floyd como figura paterna. La serie hace visible esa carga con un detalle que Cardellini convirtió en el centro de su interpretación: el uniforme de árbitro de béisbol infantil que usa Carol en casa (que su marido encuentra repulsivo) funciona como metáfora visual del peso que carga en su vida personal. Cuando está con Clark en los moteles, se saca capas. En casa, aparece enterrada bajo esa ropa.

Es una mujer que desea. No como transgresión ni como síntoma de algo roto. Simplemente desea, y la serie no la castiga por eso. Lo que Carol hace con Clark no es traición presentada como crimen moral: es una decisión de alguien que lleva demasiado tiempo sin que nadie le pregunte qué necesita. Cardellini entiende eso y lo trabaja desde adentro, sin subrayarlo nunca.
Jason Bateman y el arte de elegir bien

Clark Forrest, el meteorólogo que desencadena todo, es otro capítulo en la carrera de un actor que lleva veinte años haciendo una sola cosa de forma impecable: elegir proyectos que lo incomodan.
La trampa con Bateman es que tiene cara de tipo simpático. La construyó durante cuatro temporadas en Arrested Development y no la ha desmantelado — la ha usado como herramienta. Cada cierto tiempo elige un papel que aprovecha exactamente esa confianza acumulada para subvertirla. En The Gift — thriller psicológico de Joel Edgerton, 2015 — construye a Simon Callum, un hombre que parece víctima del acoso de un viejo conocido y que va revelándose como algo mucho más oscuro. Es probablemente el personaje más perturbador de su carrera actoral y funciona precisamente porque Bateman nunca telegrafía la maldad. La sonrisa de tipo razonable hace todo el trabajo.
En Ozark pasó lo mismo a escala de cuatro temporadas. Marty Byrde no es antihéroe con encanto. Es alguien que toma decisiones cada vez más irrecuperables con la cara de quien está llenando una declaración de impuestos. Bateman dirigió siete episodios además de protagonizarlos, ganó el Emmy por la dirección del estreno de la segunda temporada, y fue productor ejecutivo de principio a fin. Sabía exactamente qué estaba construyendo.

El lado productor es donde se ve la coherencia con más claridad. Aggregate Films, su productora fundada en 2012, tiene en su catálogo Bad Words, The Family Fang, Game Night, Hit Man y la excepcional miniserie Black Rabbit… además de Ozark y ahora DTF St. Louis. Lo que une a esos proyectos no es el género sino una cierta disposición a la incomodidad: personajes moralmente ambiguos, comedias que esconden cuchillos, thrillers que se niegan a ser predecibles. Hit Man, que Bateman produjo con Linklater sin actuar en ella, es el ejemplo más limpio: una película sobre un tipo que finge ser asesino a sueldo para la policía y termina preguntándose quién es realmente. No es el tipo de apuesta que hace alguien que solo piensa en mantenerse en cartel.
También produce proyectos donde no aparece en pantalla como Lessons in Chemistry, Hell of a Summer lo que dice algo sobre cómo entiende su rol. No como estrella que valida proyectos con su presencia, sino como productor con criterio propio.
En DTF St. Louis acepta exactamente lo que la serie necesita de él: ceder. Clark es el detonante, no el centro. Floyd se lleva la serie, y Bateman, que produce y protagoniza, no compite. Elige retroceder para que el personaje de Harbour pueda avanzar. Es el mismo gesto que la serie celebra en sus personajes, con la generosidad como forma de querer. Que el actor que produce lo entienda tan bien como los personajes que construye no es coincidencia. Es coherencia.
El resto del elenco con que Conrad sabe poblar un mundo
Una de las marcas de Conrad como creador es que sus series no tienen personajes de relleno. Cada actor que aparece tiene función propia, y DTF St. Louis no es excepción.

Richard Jenkins y Joy Sunday interpretan a los detectives que investigan la muerte de Floyd. Jenkins es el detective veterano del condado, de entrega deadpan, que apoya en suposiciones perezosas pero termina descubriendo verdades mundanas. Sunday es la oficial de crímenes especiales, más joven, más afilada, y entre los dos hay una rivalidad silenciosa cruzada con diferencias generacionales. La pareja funciona como contrapunto cómico y como espejo: mientras el triángulo principal navega la intimidad, Homer y Plumb navegan la distancia institucional. La dinámica entre los dos tiene su propia lógica, su propia temperatura.

Peter Sarsgaard aparece en la serie cuando Floyd, por error, queda con un hombre después de confundir una imagen de David Bowie en la portada de The Man Who Sold the World con una mujer. Lo que podría ser escena de incomodidad forzada deriva en una conversación sobre la soledad y la dificultad de construir vínculos reales hoy. Es el tipo de giro que solo Conrad escribe: toma el malentendido más potencialmente torpe de la serie y lo convierte en el momento más honesto. El personaje de Sarsgaard pronuncia la frase que funciona como tesis de toda la serie: «Nadie es normal, solo lo parece desde la acera de enfrente.» Que esa frase la diga él, en ese contexto, no es casual.
Chris Perfetti, conocido por Abbott Elementary, aparece como Tiger Tiger — personaje cuyo nombre ya dice algo sobre el tipo de comedia que maneja Conrad. Arlan Ruf completa el cuadro como Richard, el hijo de Carol que rechaza a Floyd: la presión doméstica hecha carne, el recordatorio de que la vida de los adultos siempre ocurre bajo la mirada de alguien que no pidió estar ahí.
Lo que la serie entiende la difícil lógica que opera en el deseo

La app del título — DTF St. Louis, «Down to Fuck» segmentado por código postal — funciona en la serie como dispositivo para hacer visible algo que normalmente ocurre en silencio: que hay matrimonios que han llegado a un punto muerto sexual sin que nadie haya hecho nada malo. Solo distancia acumulada, vidas que corrieron en paralelo sin tocarse.
Lo notable es la complicidad que se genera entre Clark y Floyd alrededor de todo eso. Dos amigos nuevos que se cuentan sus vidas sexuales sin que la serie lo trate como anomalía ni como preludio de algo oscuro. La amistad masculina en televisión raramente incluye esa intimidad sin que se convierta en chiste o en amenaza. Aquí es simplemente lo que pasa cuando dos personas se caen bien de verdad.

Conrad llegó a esta historia preguntándose qué llevaría a una persona inteligente a meterse en una app de infidelidad para casados. Su respuesta: desesperación por sentir algo. La serie no juzga esa desesperación. La comprende. Y al comprenderla sin castigarla, hace algo que pocas ficciones se permiten: tratar a sus personajes como adultos.
87% en Rotten Tomatoes. Los números dicen serie buena. Lo que no dicen es que es rara, en el mejor sentido: una que confía en que los adultos pueden ver a otros adultos navigating el deseo sin necesitar que alguien pague al final para que la historia tenga sentido moral.
DTF St. Louis no juzga a sus personajes. En un paisaje televisivo donde la infidelidad casi siempre es trampolín hacia la destrucción, eso no es detalle menor y la serie es una joyita deliciosa para encontrar en el misterio una luz de humanidad que brota desde los lugares más insospechados.


